Se apagó la luz

Recuerdo aquel martes de marzo como si fuera ayer. No tenía más que mirarme al espejo para ver como el paso del tiempo iba jugando en mi contra y dejando sus huellas crueles en esa piel lechosa o lo que era peor, en mi alma.

Echaba de menos todo lo que representaba la juventud o lo que se prestablece que debe serlo. Deseaba volver a ser hermosa, estar llena de vitalidad, tener toda una vida por delante donde se esperanzasen todo tipo de sueños. Pero era mirar ese maldito espejo y volver a la realidad como si de una bofetada en la cara se tratase.

No es que no me gustara la vida que había elegido. Aventuras no me habían faltado. Se puede decir que he vivido en los cinco continentes y por periodos no cortos de tiempo. Eso tendría que bastar, pero tímidamente ahí como una amante cruel, veía que se abalanzaba sobre mí, una capa tediosa de la que no podía escapar.

Rodeada de cajas aun vacías por toda la casa en las cuales no me sentía capaz de guardar ni un solo objeto decidí dejarlo todo atrás, incluso a María. Cerré la puerta y me marché sin atreverme a verla, despojándome de un lastre con el que ya no podía. Esa vida perfecta, con la casa perfecta, con la mujer perfecta. Se hacía insufrible, no aguantaba ni un día más. Anhelaba la época en la que fui una rebelde sin necesidad de pensar más allá del propio día. Viviendo al límite. Sin preocupaciones más allá de las mundanas: ¿Qué hay para comer?  Y poca cosa más.

Esta vez el azar decidiría por mí. Mis pies me llevaron por inercia a la estación de autobuses. El destino sería el próximo autobús que tuviera la salida programada, así que me dirigía a Chapultepec, famosa por sus típicos bosques de Ahuehuetes. Que ganas de sentir la naturaleza. Necesitaba reequilibrarme. Estirarme en esa hierba fresca y salvaje y dejarme llevar para sentir que aún estaba viva.

Mientras estaba metida en ese autobús maloliente, donde no habían más de tres pasajeros (sin contarme yo) mi mente se evadía, fantaseaba y me llevaba de viaje a ese bosque. No había nada más que deseara en ese momento. Suspire. Saqué los auriculares y los conecté al móvil. Un poco de música harían más amenas esas largas horas que quedaban por delante. Justo en ese momento en que Aretha Franklin sonaba cantando como una loca a pleno pulmón se interrumpió abruptamente el sonido: “Llamada entrante: María”. Me quedé pensativa durante unos segundos sin saber qué hacer, pero no… ya había tomado la decisión, ahora no era momento de dudar.

Me afloraron recuerdos con ella. Sus mejillas pecosas, su larga cabellera pelirroja, la blanca piel lechosa que la hacía tan bella y hermosa. Esa sonrisa que la hacía tan bella. Yo no me había portado bien con ella, sentía que no podía darle nada bueno. No era ella, era yo. Necesitaba reencontrarme conmigo misma y volver a sentir la vida. Ser un potro salvaje y salir de esa monotonía hastiosa en la que se había convertido mi vida. De pronto, el autocar se descontroló. No paraba de dar bandazos de lado a lado de la carretera, intentando esquivar los coches que venían en contra dirección por el carril de la derecha. Nos gritó el conductor que nos abrocháramos los cinturones. Vi el pánico en las tres caras más que había allí sentadas. Uno de ellos se puso a rezar. El otro se quedó inmóvil con los ojos cerrados y la cabeza tirada atrás. La tercera intentaba llamar por teléfono, pero sus torpes dedos crispados por los nervios eran incapaces de marcar. Justo en ese momento empezó a vibrar mi teléfono de nuevo “Llamada entrante: María”. Apreté el botón y solo tuve tiempo de decirle: “Te quiero”.

Justo después el autobús chocó contra una valla del lateral de la carretera y por la inercia de la velocidad que llevaba giró y empezó a dar vueltas de campana. Todo se volvió oscuro y ya no recuerdo nada más.

Sentí que por fin mi alma pudo liberarse, no en aquel bosque soñado y no de la manera que me hubiera gustado, pero así es la vida, caprichosa y juguetona, sin contemplaciones. Por lo menos pude hacer algo bien antes de irme, despedirme a mi manera de María. Ya no habría más lamentaciones ni preocupaciones. Así sin más en ese sucio y triste autocar por un neumático reventado la luz se apagó.

El último beso

Era una tarde lluviosa, de esas que no se recordaba en meses. Parecía que toda la sequía que se había hecho hueco el mes de abril se vengaba con saña esa tarde triste, gris y fría. Suerte que Lis no tuvo que ir hoy a trabajar. Se encontraba sentada en el alfeizar de la ventana con una taza de té caliente entre sus manos. Era una sensación reconfortante. Sentirse resguardada y calentita mientras observaba todo el mundo a sus pies.

Era la mejor elección que había tomado sin duda, comprar esa casa con vistas a Palm Street.  Sus pies empezaron a enfriarse. ¡Claro! ¿Dónde demonios estaban sus calcetines? Se levantó y mientras caminaba por el pasillo una imagen en blanco y negro le azotó la mente. Roberto.

En ese mismo instante una angustia la recorrió por todo el cuerpo aposentándose en su estómago. Ya no está, pero ella aún no lo ha asimilado. Es difícil olvidar a alguien de la noche a la mañana cuando has compartido tanto de tu vida. Además, coger ese piso había sido idea de él. Allá donde miraba lo veía.

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El lápiz mágico

Es viernes. Una mañana como otra cualquiera en la que Bruno se levanta más tarde de las doce, se despereza a cámara lenta y se sirve una gran taza de café para poder arrancar el día. Es artista y como tal lleva una vida bohemia sin horarios.

Con su camiseta a rayas y unos pantalones cortos negros por uniforme se sienta delante de su ordenador frente a la gran temida hoja en blanco. Así lleva ya dos semanas en la que día tras día se inquieta de manera sobrehumana incrementando sus nervios ya que no le vienen ideas brillantes para su próxima novela.

Cuando han pasado ya más de tres horas en las que vaga sin dilación por su imaginación desechando todas las propuestas que se le ocurren se levanta y sale a dar un paseo. Hace buen tiempo a pesar de ser noviembre. Un día soleado, de esos que más disfruta. Ese sol de invierno, calentito que no abrasa. Se sienta en un banco del parque al que ha llegado sin casi ni pensar. Los pies le llevan solos de tantas y tantas veces que ha ido allí.

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La mirada desde la butaca

Resumen:

Jordi y Miquel Valls (Barcelona, 1982) de Agosto Producciones ofrecen un taller que enseña a ser espectador. Reivindican que no solo hay que ir al teatro, aguantar lo que nos echen e irnos para casa, sino que hay que ser crítico con lo que vemos y aprender a ver y entender lo que nos ofrecen. Quien quiere ser artista, director, etc… tiene un sitio donde lo preparen, pero no hay ninguno que te enseñe a ser espectador y saber dónde y qué  mirar. Es eso lo que ellos quieren que aprendas. El taller comprende el ir a ver diferentes obras, charlar con directores e incluso una actividad de movimiento en un campo de futbol.

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El calcetín rojo

Mitch es un hombre de mediana edad con el bigote recortado y un tupe lleno de gomina que si te lo cruzas por la calle pasa inadvertido.  Sin embargo cuando entras en su vida y te deja ver un poco más, ves que es bastante peculiar.

Su familia medio americana y medio brasileña hizo que su infancia la pasara mitad allí… mitad aquí… y que él en cuanto pudo acabara alejándose de tanto ruido huyendo a la tranquila Toscana donde actualmente vive conmigo en una cabaña blanca con vistas al mar.

Es impresor de un pequeño periódico local. Cada mañana se recrea en la sección de economía ya que en su ilusión de pequeño era ser bróker de la gran manzana pero se dio cuenta que su sueño era imposible ya que sus nervios no aguantan nada de estrés y debido a eso enferma con facilidad.  Necesita llevar una vida tranquila y ordenada.

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